miércoles, 24 de febrero de 2010

PEQUEÑA HISTORIA DE ETIANNE BREMAU

Yo conocí a una mujer que solía contar la historia de Etianne Bremau, su bisabuelo francés por parte de madre. Decía que de él, según había oído, había heredado un capricho en el brazo y la mala suerte.

En el salón de los espejos de Versalles, Etianne Bremau se torció un tobillo bailando con la mujer de su mejor amigo, a la que amaba en secreto. Fue el único incidente que ocurrió en la corta vida de este salón, aunque nadie le diera importancia, ni siquiera el propio Etianne.

Dos años después, cuando el salón había sido cerrado para siempre y sólo perturbaría su calma el brillo de un luciérnaga, Etianne Bremau corría para salvarse de la furia, del pueblo y de las ballestas. Sin embargo, y aunque nunca había dado motivos de flaqueza, la vieja torcedura mordió de dolor el tobillo, y ya no pudo seguir huyendo.

Mientras Etianne se desangraba en el suelo, se veía así mismo abrazando a la mujer que amaba, la que estaba prohibida, la que había muerto hacía hace tres meses de tuberculosis pero sin embargo ahora, en sus brazos, estaba bailando y reía, y volaba. Ambos se reflejaban en mil espejos. Messieu Bremau murió convencido de que así debía de ser el cielo.

BYE, BYE, LOVE

Yo conocí a un hombre que se masturbaba todas las tardes con su vecina, a la cuál no conocía, no había visto jamás ni había oído nunca su nombre. La pared de su salón y la pared de ella eran una sola, y a través de esa gruesa capa de cemento se sentían ellos. Todos sabemos la capacidad acústica que llegan a tener los tabiques adyacentes. Cada día, a las cuatro menos cuarto de la tarde, el marido de ella se iba a trabajar. Él, el vecino, oía perfectamente el ruido de la puerta, junto con el de las llaves, y empezaba a prepararse para el placer de cada día. Se iba al baño, se duchaba, se peinaba tres veces y se enjuagaba los dientes con hierba-buena mientras escuchaba el ruido que hacían los platos al ser recogidos en la casa de al lado. Ella limpiaba la cocina, pasaba la bayeta amarilla por la mesa, se ponía el delantal de cuadros y, mientras tenía las manos sumergidas en el jabón fregando los platos para acabar con los preparativos, escuchaba cómo corría furiosa la ducha en el piso contiguo. A las cuatro en punto de la tarde de todos los días, ambos se sentaban apoyados en la pared de sus mutuos salones, justo siete pasos a la izquierda de ella, a la derecha de él, sin haberlo planeado nunca. Se sentaban con las piernas abiertas como los niños o los animales, y empezaban a tocarse lentamente y de arriba abajo, proporcionándose placer y sintiendo el placer del vecino, de esa espalda sudorosa que se estremecía pegada a la suya y separada por un muro. Ambos se oían; la respiración entrecortada de ella, los prominentes jadeos de él. Después los dos fumaban, con la cabeza apoyada en la pared y las piernas aún abiertas, más abiertas. El tabaco era para él un vicio absoluto, mientras que para ella era una ocasión especial y única, un libertinaje secreto que era inherente a aquella pequeña perversión clandestina. Así que se reservaba un pitillo de su marido en el delantal, para poder gozarlo después con su compañero de onanismo. Seguían escuchando su respiración de nicotina; el suave ruido al echar el humo de ella, las amplias bocanadas de él.

A veces se regalaban música. Él le ponía los discos de James Taylor, y jazz, y soul, y algo de Satie. Ella hacía sonar las cintas de George Moustaki, y viejos boleros, y la ópera Carmen, que era su favorita. Cuando escuchaban estas canciones a través de la pared, su placer era ya infinito. Luego se levantaban, sin despedirse, sin gritarse, se arreglaban el pelo casi con vergüenza, se colocaban torpemente las ropas. Volvían a sus vidas, y durante el resto del día ninguno de los dos tocaba la pared que los juntaba hasta dentro de 24 horas justas, a las 4 de la tarde. Pero lo que nunca supieron el uno del otro ( además de su apariencia, su voz o su nombre) fue la última coincidencia que los unía: todos los días a las cuatro y cuarto de la tarde, ambos se despedían del otro cantando secretamente Bye, bye, love, bye, bye happiness, hello loneliness, bye, bye, my love, bye, bye.

domingo, 6 de septiembre de 2009

LA MUJER QUE ESCRIBÍA NOVELAS DE AMOR

LA MUJER QUE ESCRIBÍA NOVELAS DE AMOR

Corín Tellado ha sido la persona que más libros ha vendido en este mundo. Después de Cervantes fue la más leída en español. Se puede mirar en las enciclopedias y en el libro Guiness. No hay nadie, ni siquiera ella, que se sepa de memoria los 4.000 títulos que ha publicado. Sin embargo, los mandarines de la cultura nunca la nombraban. Tal vez porque fuera mujer o tal vez porque escribiese de amor.
Por las calles de España y de toda América del Sur muchos suspiraban con los libros de Corín, con esas pasiones de fuego y esa forma de amar que sólo se entiende en las canciones. Muchas niñas llevaron con honra el nombre de sus heroínas, que sus madres les pusieron para que fueran tan valientes y dichosas como las protagonistas de las novelas.
Sin embargo, Corín Tellado, la reina de los romances, confesaba, sin demasiada pena, que esas pasiones nunca las había vivido. De amor poco vio en su vida. Su padre enfermó cuando ella era una niña y casi no tuvo tiempo de saber cómo eran juntas las personas que le dieron vida. Por el patio de su casa oía gritos ahogados. Veía a sus vecinas con los ojos amoratados y los huesos doloridos. Y todo el mundo lo sabía. Cuando iban a comprar al mercado el marido decía: ‘Deme una guadaña’. La mujer decía: ‘Pero, Pepe, ¿para qué queremos otra guadaña?’. El marido decía: ‘Deme dos guadañas’. Y de camino a casa la mujer se iba llevando empujones, y ya en casa sentía el dolor intenso del cinturón en sus costillas. Así, como a los animales, se les enseñaba a obedecer.
Corín escribía mientras la lluvia de su tierra natal, incesante, golpeaba los cristales de su ventana. Y era ese ruido lo único que le traía a la realidad. Porque todo lo demás era un sueño. Soñaba ella y soñaban sus lectores, tan lejos como estaban.
Corín Tellado, la gran escritora de la pasión, esperaba con ansia que al fin llegara la ley del divorcio.

Leticia Sanchez, escritora secreta por Duego Medrano


jueves, 13 de agosto de 2009

El mar llama a la ventana

EL MAR LLAMA A LA VENTANA


Como otros tantos días de aquel verano, se encontró la habitación llena de agua. El cuarto estaba empapado, se habían mojado todos los enseres, la ropa, los relojes. Se detuvo el tiempo con la humedad.
Los pasos por la habitación encharcada sonaban como si estuviese pisando ranas. Sonrió pensando que tal vez se encontrara con una sirena. Tal vez, al fin, un poco de buena suerte, que ya iba siendo hora. Sudamérica no tenía buena suerte con sus políticos, ni Elizabeth Taylor con sus maridos, por no hablar de Carlos Saínz y sus coches, así que no veía por qué no le iba a tocar a él un poco… Pues no, el pequeño maremoto no dejó en su cuarto ningún ser mitológico.
Achicar agua, limpiar los objetos, secar las ropas, llorar por las hojas perdidas. Ya se sabía la lección. Veranear al lado del mar cuesta un precio, como todo, pero ya era la quinta vez en un mes que se le inundaba la habitación. Tal vez, demasiada mala suerte, tal vez. En la bahía había cuatro casas separadas con una distancia prudencial, pero el mar sólo golpeaba la suya. Parecía que las olas se levantaban para entrar furiosamente en su cuarto. Abrían la ventana de un golpe y la habitación se llenaba de espuma. Su ex mujer le repetía continuamente que era un paranoico, un loco, que no sabía afrontar sus problemas y que refugiarse de ellos comprándose una casa en un pueblo costero abandonado de la mano de Dios no era ninguna solución. Mala suerte, siempre la maldita mala suerte.
A él le gustaba el olor a salitre cuando se despertaba. Por las noches se sentaba en el porche releyendo libros que en su juventud le habían gustado, como si en ese gesto resucitase a aquel que fue. Mientras leía escuchaba el sonido del mar, en el que, de vez en cuando, creía distinguir voces de mujer que parecían llamarle. Le gustaba más aquella alucinación que el verdadero rugido de las olas. Así se sentía menos solo.
Cuando hacía mal tiempo, cuando se producían aquellos días tristes que entorpecían el verano, se acercaba hasta la playa para disfrutar de la soledad de la arena mientras llueve. Eran los pequeños lujos de vivir junto al agua ... Aún así, odiaba profundamente que el mar atacara su casa como si ésta fuera una presa fácil. Maldita mala suerte.
Al caer la tarde, cansado de tanto guardar, limpiar, tirar..., se sentó en la silla de madera mojada y encendió un cigarro. Traigamos el fuego entre el agua, pensó. Una vez satisfecho, cuando tiró la colilla al suelo empapado apagándola, y decidió continuar con la tarea, se dio cuenta de que el armario del fondo se movía, el mueble parecía tener espasmos, la puerta estaba un poco abierta., ¡Dios, otra vez la paranoia!, se lamentó… al ver que los golpes seguían y seguían, no pudo reprimir su curiosidad, y chapoteando con los pies, se acercó lentamente… Al abrir del todo el armario, casi se muere del infarto al descubrir una enorme y plateada cola de pescado, un ombligo, unos ojos humanos, una boca sonriendo, unos pechos cubiertos de dos conchas bajo los que latía un corazón loco de contento.
-Al fin conseguí entrar-dijo ella.

domingo, 5 de julio de 2009

LA HUELLA INDELEBLE

No es un muñeco de nieve ni un hombre de papel. Ni siquiera un polichinela o una sombra de humo con sombrero y gafas negras. Tiene el aspecto del Hombre Invisible que creó H.G. Wells, cubierto de vendas blancas para poder ser visto por el resto de las personas.
Michael Jackson era un niño pequeño con piel de chocolate y pelo africano que bailaba por los estudios de la Motown. Al crecer consiguió vender 50 millones de copias de un solo disco, inventó cómo se caminaba sobre la luna sin moverse del suelo y cantó a amantes, a razas, a malos y a mundos que había que socorrer. Fue la única persona que llevó con elegancia los calcetines blancos, la única a la que nadie le reprochaba que se le hubiera olvidado un guante y consiguió que sus estrafalarias casacas se convirtieran en un signo de distinción.
Quiso ser Peter Pan, compró los derechos de las canciones de los Beatles, se casó con la hija de Elvis Presley y, junto con los de rey del rock, sus movimientos de cadera han sido los más imitados en todo el planeta. Dicen que Dios escribe los mejores guiones y ningún guionista, por bueno que sea, tuvo y tendrá la imaginación suficiente para crear a alguien como Michael Jackson.
Arruinado y deshecho, sabiendo que nadie le ha arrebatado aún el trono, se presentó en Londres en una rueda de prensa a la que llegó hora y media tarde. Bajo la lluvia inglesa millares de seguidores llevaban días esperándole. Apenas habló durante tres minutos. Dijo que haría una serie de conciertos en Londres y ni siquiera quedó claro que eran los últimos que hacía en su vida o los últimos que hacía en la ciudad. Sin embargo, sus fans se sintieron bendecidos por haberlo visto aunque fuera de una forma fugaz. Pero fugaz no es su estrella. Michael Jackson, como los amores inolvidables, es una huella indeleble. Por muchos intentos que, sin querer, él mismo halla tenido de borrarse.

INSTRUCCIONES PARA DEJAR DE LEER

INSTRUCCIONES PARA DEJAR DE LEER


Lo primero, y más necesario, para conseguir este fin, es lograr apartarse de los libros. Puede parecer fácil, pero no se equivoque: esos artefactos son peligrosos. En su casa debe desalojar todas sus estanterías de libros; hágalo sin piedad, que no quede ni uno, porque si tan sólo uno quedase tal vez éste sea suficiente para volver a pecar. No mire el hueco increíble que queda en sus paredes, no piense que en cierta forma le han arrancado algo, no ceda ni por un momento a la tentación de pensar que con ellos se ha deshecho de cierta parte de su vida que sólo esos libros contaban. Y si considera que su casa se ha quedado vacía, algo así como sin alma o, aún peor, si sin esos libros usted se siente solo, entonces deberá de llenar todas sus estanterías de esas absurdas figuritas de recuerdo que los amigos nos traen de los viajes.
Huya de las librerías. Ni por un momento mire los escaparates. No cometa el error de creerse fuerte y entrar a una a guarecerse en un día de lluvia. No pasee por sus pasillos, no se sienta acompañado, no coja ningún libro, no huela el intenso aroma del papel impreso, no manosee sus páginas, no se deje conquistar por un título, no consienta que el nombre de un autor que usted conoce y ama le atrape. Sobre todo jamás le dé la vuelta a un libro y mire la contraportada, no vaya a ser que la historia que allí cuenta le seduzca, o piense que la ha vivido, o quiera que a usted le pase. Bajo ningún concepto debe hablar nunca con un librero; usan armas poderosas para convencerle. Son seres peligrosos.
Rechace las bibliotecas. Da igual cuántas mañanas de su infancia pasó allí, cuántos problemas resolvió entre sus anaqueles, cuántas veces fue fascinado por estos edificios donde resguardamos los sueños. Hágase el fuerte y no se deje engañar por su hermosura. Si siente tentaciones de entrar, dé media vuelta, métase en una gran superficie y compre media docena de croquetas congeladas y dos películas de artes marciales.
Afronte los viajes solo, no se lleve con usted un libro para aguantar el trayecto en metro o en tren. Si se aburre, silbe o haga calceta. No se deje atrapar por un libro en su salón una tarde de domingo, ni muchísimo menos tenga uno en la mesilla para las noches de insomnio. Es importante que siga con precisión estas orientaciones, que elimine la curiosidad, que espante usted solo la tristeza. De otra forma, sería imposible cumplir con este cometido.
Lo segundo que tenemos que hacer es aprender a vivir sin las palabras. Si no entiende algo, bajo ningún concepto puede recurrir a un diccionario. Hágase el listo, o sea sincero y quédese tonto. Los diccionarios son el principio del fin. Jamás recurra por tanto a una enciclopedia, ni a un manual de instrucciones, ni a un atlas, ni busque las noticias en los periódicos, ni lea las felicitaciones que le envían por Navidad, ni los mensajes que les dejan sus hijos escritos en dibujos y colgados con imanes en la nevera. Si empieza a perderse en las conversaciones, a no entender el mundo y las personas que le aman comienzan a mirarle extraño y dicen que estar junto a usted es como estar al lado de un reloj de pared, entonces es que vamos por buen camino.
Lo tercero que tenemos que hacer es deshacernos de las historias. No mire nunca atrás, no sepa lo que otros vivieron, compórtese como si usted fuera el primer habitante de la tierra. No intente encontrar otros amores para saber si se parecen al suyo. No busque esas palabras que le dicen a otro pero que usted sabe, intuye o cree, que de alguna forma también son suyas. No quiera conocer otros mundos que no sea el que va desde la esquina a su casa, no viaje sin tren, deje a su mente en un rincón sedentario y tranquilo. No imagine, no fantasee, jamás sienta la tentación de asomarse a un balcón desde donde pueda ver dragones. Y por favor, por favor, esto es importante: no sueñe.
Y si un día, un día cualquiera, comienza a notar que vida se le va estrechando, que se le va haciendo tan pequeña que casi le cabe en el bolsillo, enhorabuena; habrá cumplido su cometido.