miércoles, 24 de febrero de 2010

LA MIEDOSA

Yo tenía un amigo que decía que es difícil hacer el amor con una mujer que tiene miedo a dormir sola. Es casi como un engaño.

La primera vez que ella se coló en su cama, que le hurtó el descanso como una ladrona de guante blanco, apareció en el umbral de la puerta asustada como una niña pequeña. Se notaba que quería evitar el temblor de sus piernas. Ella le preguntó, él no pudo negar cobijo. Ya entre las sábanas se abrazaron por costumbre, cuando la costumbre ni siquiera existía entre ellos. Y así el protector, lentamente, fue escondiéndose en la protegida.

Ella empezó a buscarle todas las noches, a veces le pedía permiso como si no lo hubiera hecho nunca. Él comenzó a esperarla con rutina y deseo (la contradicción se hizo complementaria). A veces venía terriblemente asustada y le abrazaba con tal fuerza que le clavaba sus pequeñas uñas mordidas. Él llegó a pensar que le mandaría registrar los armarios de la habitación por si había monstruos. Pero él, con sus trucos y sus besos, consiguió que el temblor de ella se convirtiera en estremecimiento.

Es difícil hacer el amor con una mujer que tiene miedo a dormir sola. Es como enseñarle una niña desnuda a unos borrachos.

Una noche, él la penetró y un gemido de ella se escapó a su oído: “Te quiero tanto que se me va la vida.”

Ya dijo él que era difícil hacer el amor con una mujer que tiene miedo de dormir sola. Es dañina, como un veneno. Ahora es él el que tiene miedo. Le tiene tanto miedo a ella como si fuera un monstruo infantil de esos que se esconden en los armarios. Le tiene tanto miedo que ya no puede dormir sin ella, le asusta que ande suelta por las noches.

Tal vez, piensa él, ella me temiese tanto que su único remedio fuera poseerme, como ahora es el mío. Tal vez, piensa él, el monstruo no estuviese en el armario sino entre las sábanas.

El miedoso y la miedosa se aman al fin, juntos frente al miedo de quererse.

LA HABANA

Yo conocí una vez a un hombre que cuando era bien pequeño sus padres le mandaron embarcar a Cuba para que tuviera más fortuna que en este país. Cuando llegó a La Habana los nuevos colores caribeños le deslumbraron. Empezó a trabajar barriendo una tienda de telas y era feliz sólo porque en el descanso para comer iba a bañarse a la playa y no necesitaba secarse, pues al salir del agua el sol le lamía los restos de las olas. Creció y pronto logró empaparse del carácter de los isleños, del mucho beber y bailar y contar historias. Sin papeles se casó con una mulata y tuvo familia, aunque de ésta se sabría mucho tiempo después.

Un día le llegó una carta que contaba que su madre estaba muriéndose. Besó a su negrita prometiéndole venir lo antes posible, cogió un barco y ya nunca regresó al Caribe. Una vez en su patria contrajo matrimonio ante un cura con una mujer de piel pálida y la vida siguió.

Perdió las costumbres cubanas del mucho beber y bailar, porque según él ya no era lo mismo, pero no la de contar historias. Por eso a su nieta pequeña, la rubia, la que tenía los ojos más azules y más interrogantes, le encantaba sentarse en sus rodillas y escucharle. El abuelo le hablaba de La Habana y de sus maravillas, de cada calle, de cada establecimiento, de cada playa. Le contaba a qué sabía el ron y los helados, la caña de azúcar y el amor caribeño. Así la niña empezó a vivir recuerdos que nunca tuvo, a tener nostalgia de lo que no conoció.

Las historias permanecieron en su memoria y cuando tuvo el pelo menos rubio y los ojos más pequeñitos les contó a sus propios hijos las historias de aquel paraíso de su infancia con el que tantas veces soñó, aquella isla, aquella vida llena de palabras. Los avatares del destino, aunque más bien de la economía, no le dieron ocasión de viajar hasta el Caribe, así que casi creyó morir de gozo cuando su hijo le dijo que se iba a Cuba de luna de miel.

A su regreso ella le esperaba impaciente, incluso se había pintado y perfumado como quien espera recibir grandes noticias. Le dio dos besos, le agarró por el brazo y con los ojos más interrogadores que nunca, le preguntó cómo era La Habana. El hijo, sonriendo, le contestó:

-Como tú me la contaste

LA LEJANA

Yo tenía una amiga que no podía regalar un libro sin escribir una larga dedicatoria. Pensaba que la primera página en blanco era la más importante, la que podía cambiar el argumento de todo el libro. Una vez regaló una novela de Benedetti y en la dedicatoria escribió: “Recuerdo cuando íbamos al teatro al aire libre y yo tiraba los cigarrillos encendidos a tus pies para que los apagaras. Te lamentabas constantemente durante la función, bostezabas, te rugían las tripas y, al final, te había gustado la obra más que a mí. Quisiera recordar las noches que paseamos por Montevideo, pero eso sólo ocurrió en mis sueños. A ti no te gustaba Sudamérica, más allá del mar, habitada por dragones. Preferías los lugares cercanos, las calles conocidas, los nombres comunes, las personas amadas con el tiempo. Nunca fuiste un gran explorador, ni siquiera de ti mismo. Tal vez yo fui tu tierra conquistada. Yo, la lejana”.

PEQUEÑA HISTORIA DE ETIANNE BREMAU

Yo conocí a una mujer que solía contar la historia de Etianne Bremau, su bisabuelo francés por parte de madre. Decía que de él, según había oído, había heredado un capricho en el brazo y la mala suerte.

En el salón de los espejos de Versalles, Etianne Bremau se torció un tobillo bailando con la mujer de su mejor amigo, a la que amaba en secreto. Fue el único incidente que ocurrió en la corta vida de este salón, aunque nadie le diera importancia, ni siquiera el propio Etianne.

Dos años después, cuando el salón había sido cerrado para siempre y sólo perturbaría su calma el brillo de un luciérnaga, Etianne Bremau corría para salvarse de la furia, del pueblo y de las ballestas. Sin embargo, y aunque nunca había dado motivos de flaqueza, la vieja torcedura mordió de dolor el tobillo, y ya no pudo seguir huyendo.

Mientras Etianne se desangraba en el suelo, se veía así mismo abrazando a la mujer que amaba, la que estaba prohibida, la que había muerto hacía hace tres meses de tuberculosis pero sin embargo ahora, en sus brazos, estaba bailando y reía, y volaba. Ambos se reflejaban en mil espejos. Messieu Bremau murió convencido de que así debía de ser el cielo.

BYE, BYE, LOVE

Yo conocí a un hombre que se masturbaba todas las tardes con su vecina, a la cuál no conocía, no había visto jamás ni había oído nunca su nombre. La pared de su salón y la pared de ella eran una sola, y a través de esa gruesa capa de cemento se sentían ellos. Todos sabemos la capacidad acústica que llegan a tener los tabiques adyacentes. Cada día, a las cuatro menos cuarto de la tarde, el marido de ella se iba a trabajar. Él, el vecino, oía perfectamente el ruido de la puerta, junto con el de las llaves, y empezaba a prepararse para el placer de cada día. Se iba al baño, se duchaba, se peinaba tres veces y se enjuagaba los dientes con hierba-buena mientras escuchaba el ruido que hacían los platos al ser recogidos en la casa de al lado. Ella limpiaba la cocina, pasaba la bayeta amarilla por la mesa, se ponía el delantal de cuadros y, mientras tenía las manos sumergidas en el jabón fregando los platos para acabar con los preparativos, escuchaba cómo corría furiosa la ducha en el piso contiguo. A las cuatro en punto de la tarde de todos los días, ambos se sentaban apoyados en la pared de sus mutuos salones, justo siete pasos a la izquierda de ella, a la derecha de él, sin haberlo planeado nunca. Se sentaban con las piernas abiertas como los niños o los animales, y empezaban a tocarse lentamente y de arriba abajo, proporcionándose placer y sintiendo el placer del vecino, de esa espalda sudorosa que se estremecía pegada a la suya y separada por un muro. Ambos se oían; la respiración entrecortada de ella, los prominentes jadeos de él. Después los dos fumaban, con la cabeza apoyada en la pared y las piernas aún abiertas, más abiertas. El tabaco era para él un vicio absoluto, mientras que para ella era una ocasión especial y única, un libertinaje secreto que era inherente a aquella pequeña perversión clandestina. Así que se reservaba un pitillo de su marido en el delantal, para poder gozarlo después con su compañero de onanismo. Seguían escuchando su respiración de nicotina; el suave ruido al echar el humo de ella, las amplias bocanadas de él.

A veces se regalaban música. Él le ponía los discos de James Taylor, y jazz, y soul, y algo de Satie. Ella hacía sonar las cintas de George Moustaki, y viejos boleros, y la ópera Carmen, que era su favorita. Cuando escuchaban estas canciones a través de la pared, su placer era ya infinito. Luego se levantaban, sin despedirse, sin gritarse, se arreglaban el pelo casi con vergüenza, se colocaban torpemente las ropas. Volvían a sus vidas, y durante el resto del día ninguno de los dos tocaba la pared que los juntaba hasta dentro de 24 horas justas, a las 4 de la tarde. Pero lo que nunca supieron el uno del otro ( además de su apariencia, su voz o su nombre) fue la última coincidencia que los unía: todos los días a las cuatro y cuarto de la tarde, ambos se despedían del otro cantando secretamente Bye, bye, love, bye, bye happiness, hello loneliness, bye, bye, my love, bye, bye.

domingo, 6 de septiembre de 2009

LA MUJER QUE ESCRIBÍA NOVELAS DE AMOR

LA MUJER QUE ESCRIBÍA NOVELAS DE AMOR

Corín Tellado ha sido la persona que más libros ha vendido en este mundo. Después de Cervantes fue la más leída en español. Se puede mirar en las enciclopedias y en el libro Guiness. No hay nadie, ni siquiera ella, que se sepa de memoria los 4.000 títulos que ha publicado. Sin embargo, los mandarines de la cultura nunca la nombraban. Tal vez porque fuera mujer o tal vez porque escribiese de amor.
Por las calles de España y de toda América del Sur muchos suspiraban con los libros de Corín, con esas pasiones de fuego y esa forma de amar que sólo se entiende en las canciones. Muchas niñas llevaron con honra el nombre de sus heroínas, que sus madres les pusieron para que fueran tan valientes y dichosas como las protagonistas de las novelas.
Sin embargo, Corín Tellado, la reina de los romances, confesaba, sin demasiada pena, que esas pasiones nunca las había vivido. De amor poco vio en su vida. Su padre enfermó cuando ella era una niña y casi no tuvo tiempo de saber cómo eran juntas las personas que le dieron vida. Por el patio de su casa oía gritos ahogados. Veía a sus vecinas con los ojos amoratados y los huesos doloridos. Y todo el mundo lo sabía. Cuando iban a comprar al mercado el marido decía: ‘Deme una guadaña’. La mujer decía: ‘Pero, Pepe, ¿para qué queremos otra guadaña?’. El marido decía: ‘Deme dos guadañas’. Y de camino a casa la mujer se iba llevando empujones, y ya en casa sentía el dolor intenso del cinturón en sus costillas. Así, como a los animales, se les enseñaba a obedecer.
Corín escribía mientras la lluvia de su tierra natal, incesante, golpeaba los cristales de su ventana. Y era ese ruido lo único que le traía a la realidad. Porque todo lo demás era un sueño. Soñaba ella y soñaban sus lectores, tan lejos como estaban.
Corín Tellado, la gran escritora de la pasión, esperaba con ansia que al fin llegara la ley del divorcio.

Leticia Sanchez, escritora secreta por Duego Medrano