miércoles, 24 de febrero de 2010

TODO LO QUE PERDEMOS EN LAS MUDANZAS

A veces, cuando cambiamos de casa, tenemos la sensación de que hemos ido dejando un rastro de objetos incomprensibles por la calle. Tal vez las cajas estuvieran agujereadas, o el papel de embalar mal puesto, y nuestras pertenencias se fueran escapando, escabullendo sin que nos diéramos cuenta. De otra forma no se entiende que perdamos todo lo que perdemos en las mudanzas.

Generalmente suelen ser las mismas cosas: fotografías, discos, libros, cartas y pequeños recuerdos llenos de valor simbólico, como el primer billete que nos dio nuestro abuelo o la entrada a un concierto de verano. En un principio no somos conscientes de su desaparición. Ocurre luego, con el tiempo, cuando los echamos en falta y, haciendo memoria, recordamos que la última vez que los vimos estaban en la casa que abandonamos, por lo que debieron haberse traspapelado en el camino. Pero dónde fueron, cómo lograron saltar de la caja o desaparecer en el tiempo.

Tal vez haya algún depredador escondido en las esquinas de las calles, esperando con paciencia que se produzca una mudanza, que haya un despiste y así, sin que los dueños se enterasen, poder saltar sobre una caja abierta, sobre un libro que se ha caído del camión de los muebles, sobre una fotografía que se ha quedado abandonada en la escalera mientras intentábamos bajar con cuidado el sofá o la cómoda. Puede que estos depredadores sean como urracas, y que en sus guaridas vayan almacenando todos estos objetos como si se tratara de una exposición clandestina. Si no es así, si alguien no está pendiente para hacer estos pequeños hurtos, no se puede entender cómo jamás llegamos a encontrar todas estas cosas por mucho que volvamos sobre nuestros pasos, ni las hayamos dejado en la casa vacía, ni nos las hayan cogido los amigos que nos ayudaron a mudarnos. Apetece contratar a un detective, aunque no sea para hallar lo extraviado, sino para que nos esclarezca el enigma.

Cuando nos preguntan por alguno de estos libros o discos o fotografías, decimos con cierta tristeza que los hemos perdido en la mudanza. O mejor dicho, con una tristeza especial. Porque hay una suerte de melancolía extraña en estas cosas perdidas que nos fueron arrebatadas sin previo aviso y sin consentimiento, y que guardan intactas todo el misterio de su desaparición. Siempre nos duelen estos robos que nos ha hecho nadie.

Pero hay otras muchas cosas que perdemos en la mudanza, que no metimos en ninguna caja, sino que dejamos allí, a pesar de que no pudiéramos verlas. En aquellas habitaciones quedaron guardados al vacío los recuerdos, los años que allí dormimos, y cocinamos y amamos, las personas que nos visitaron, que nacieron, que arrastraron su bastón por los pasillos. Las personas y los años que ya nunca volverán a la casa nueva donde vivamos. Aunque también podemos preguntarnos adónde fue todo esto, qué ladrón se lleva para no devolvernos el tiempo vivido.

INSTRUCCIONES PARA NO OLVIDAR A ALGUIEN

Lo primero que debemos hacer es elegir a qué persona no queremos olvidar. Ha de ser una, sola y exclusiva, si no esta práctica perdería su efecto.

Una vez elegida, por los motivos que sea, lo segundo que se debe hacer es grabar bien el aspecto de esa persona en nuestra mente. Iremos despacio, para que no nos podamos equivocar, ya que ésta es una técnica muy precisa. Se empieza por el pelo, se sigue por el rostro, luego va el torso, los brazos, las manos, los dedos, las uñas. En este momento se respira, se descansa, se asimila, y seguimos. Luego empezamos a memorizar la curva de la cadera, las piernas, los tobillos, los pies, los dedos, las uñas. Una vez realizado este proceso, debemos de llevar esta fotografía siempre colgada de nuestra sien.

Lo tercero que debemos hacer es memorizar y asimilar sus manías, sus gustos y sus gestos. Debemos guardar en nuestra mente qué es lo que no le gusta ver desordenado, a dónde odia llegar tarde, en qué lado de la cama duerme, qué música escucha cuando se siente triste, cuál cuando está alegre, qué suele leer cuando se va a la cama, cómo se aparta el pelo cuando le cae por los ojos o cómo camina con los brazos separados del cuerpo. Estos no son más que unos ejemplos que, aunque no se deben de seguir al pie de la letra, sí han de servirnos de guía. Una vez memorizados sus manías, sus gustos y sus gestos, debemos de buscarlos en todas las personas que encontremos en nuestra vida: en nuestros familiares, amigos, en la gente que nos crucemos por la calle, en los personajes de una película, un libro o una canción. En resumen, debemos de buscar a esa persona en todas las demás personas del mundo, sea cual sea su procedencia o su relación con nosotros. Al principio ésta es una práctica costosa, pero con el tiempo se podrá llegar a hacer de forma mecánica.

Lo cuarto, y último que debemos hacer, es entender que esa persona no está y que probablemente nunca estará con nosotros. Y hemos de conseguir que este sentimiento nos dé tanta desesperación como sentir un gusano en las entrañas o haber perdido un mapa sin el que no podemos encontrar el camino. Los medios que se utilicen para alcanzar este sentimiento se dejan a elección del sujeto.

EL MUNDO AL REVÉS DE JOSEPHINE BAKER

Josephine Baker nació mujer, negra y pobre, y algunos dicen que nació bailando, que es la alegría que les queda a los que vienen a este mundo sin nada. Antes de que pudiera pestañear, su padre abandonó a su madre y a ella, y así pudo pronto comprender que los hombres eran prescindibles.

Desde niña tuvo que trabajar limpiando, arando, desgastándose las manos en cualquier cosa que pudiera para conseguir el pan que le daba fuerzas para bailar. Porque secretamente ése era el sueño de Josephine: que el mundo la viera trotando sobre unos zapatos de baile. Como siempre había trabajado y tenido su propio dinero, el hombre le parecía únicamente un artefacto para amar. Y así lo hizo durante toda su vida.

Al principio la rechazaron en muchos cabarets por fea y por oscura, pero Josephine sabía que tenía unos pies resplandecientes. Y pasito a pasito, un día se pusieron a brillar.

La Diosa de Ébano viajó a París y en aquel mundo recatado salió al escenario únicamente vestida con un cinturón de plátanos. Entonces se borró la torre Eiffel y el Arco del Triunfo, porque la capital francesa solo podía pensar en los centímetros de piel que a la americana negra no le tapaba su cinto de bananas. Pero no sólo la amaban los hombres. Las parisinas enloquecieron de libertad y empezaron a untarse cremas para hacer su piel más oscura. Josephine reía con sus dientes de marfil: al fin había implantado el mundo al revés.

Baker era la prohibida, el jazz era su música y bailaba lo que Bessie Smith cantaba: que algún día triunfarían las mujeres, los negros y los pobres.

Josephine volvió a Estados Unidos un día de lluvia, y en un primer momento pensó que el agua había nublado la vista a sus compatriotas. Pero nada tenían que ver las gotas, sino los prejuicios. Los americanos no perdonaron el mundo al revés que ella predicaba. Y sin embargo Josephine, no se cansó de bailar y bailar, hasta que se fue durmiendo poquito a poco, dejando huérfano un mundo al que había tratado de darle la vuelta.

EL NIETO DE TRANQUILINA

Le abandonaron en su pueblo de niño para que se criara con sus abuelos y lo fuera anotando todo en el nudo de la memoria. Estaba perdido en aquel pequeño lugar del mundo, no entendía por qué su abuela le cogía de los hombros y le decía que jamás olvidara la matanza que allí se había producido, cuando él realmente lo único que quería era cerrar los ojos y no verla en sus pesadillas. Pero Tranquilina Iguarán se paseaba por asegurando que su nieto, cuando creciera, contaría al mundo lo que había pasado allí, que no había por qué preocuparse, que todos los sabrían. Los habitantes de Aracataca miraban con desconfianza al nieto de Tranquilina, aquel niño enclenque, que sufría tanto porque tenía la desgracia de verlo todo.

Al crecer, el nieto de Tranuilina Iguarán no quiso desprenderse del todo de su infancia: sabía que la necesitaba para poder escribir. Necesitaba poder seguir siendo absurdo, y maravilloso, y negarse a aceptar. Realmente se metió a escritor por timidez, ya que su verdadera vocación era la de prestidigitador, pero se ofuscaba tanto intentando hacer un truco, que tuvo que refugiarse en la soledad de la literatura. O al menos eso decía él. Por lo tanto, le hizo caso a su abuela, y comenzó a preparar aquel enorme encargo que le mandó de niño.

Durante años tuvo los primeros capítulos en la mente, tan claros, que los podía recitar de memoria como si fuera la lección de un colegial o el misal de una monja. Y hasta allí llegaba. No encontraba tiempo para sentarse, para quedarse a solas con la máquina, los cigarrillos y sus recuerdos. Una tarde se marchó en coche con su mujer y sus hijos, tal vez a visitar a un familiar, pero el motivo no es lo importante: tiene más importancia que llovía Cuando iba por una de esas absurdas carreteras de América del Sur, toda llena de lodo y socavones, se cruzaron con una serpiente gigante, gorda y redonda que les bloqueaba el camino. El nieto de Tranquilina paró el coche y se quedó mirando para ella. “Ahora sí” dijo dando marcha atrás, “ahora sí, carajo. Me marcho para casa y empiezo la novela”.

Su mujer y sus hijos aceptaron pasar hambre durante la larga temporada que el cabeza de familia no produjo nada comestible o remunerable, enfrascado como estaba en aquella escritura enloquecida. Cuando el manuscrito estuvo acabado, no tenía dinero para mandarlo por correo a la editorial, así que primero envió una parte, y luego, cuando hubo ahorrado, mandó la otra. Pero lo hizo al revés: el primer manuscrito que envió era el del final. Aún así, no importó.

El nieto de Tranquilina Iguarán cumplió su promesa. Hizo que todo el planeta se enterase de la matanza que se había producido en su pueblo, pero no lo llamó Aracataca, sino Macondo, y le explicó al mundo entero su soledad.

Gabriel García Márquez, aquel niño memorioso, es hoy en día un octogenario que conserva su humor intacto, pero hay pequeños espacios en blanco en su mente. Tiene miedo porque cree que está perdiendo la memoria. Y sabe que eso es como si le arrancaran las piernas o los brazos. Él quiere morir como ha vivido: recordando.

HOMENAJE ESPAÑOL A BENEDETTI

El conservador le dijo al socialista: “Vas a llenar el país de delincuentes”. El socialista le dijo al banquero: “Debería caérsete la cara de vergüenza”. El banquero le dijo al hipotecado: “Si pestañeas, te quito la casa”. El hipotecado le dijo al mendigo: “Ensucias las calles”. El mendigo le dijo al cura: “Usted no es más que palabras y solito se come el pan de la misa”. El cura le dijo al abortista: “Los asesinos como tú arden en el infierno”. El abortista le dijo al republicano: “Mucho te importa la política pero te olvidas de las personas”. El republicano le dijo al monárquico: “Por menos se hizo una guerra”. El monárquico le dijo al anarquista: “Vas a tener que llevarme por delante antes de crear el caos con el que sueñas”. El anarquista le dijo al comunista: “No eres más que otro dictador de pacotilla”. El comunista le dijo al locutor radiofónico: “Personas como tú deberían estar prohibidas”. El locutor radiofónico le dijo al gobierno: “Todo forma parte de una conspiración judío-masónica”. Y así sucesivamente. “Apunten ¡fuego!”, dijo el gorila, y un camión recogió los cadáveres.

El conservador le dijo al socialista: “Tu política social es buena, pero hay cosas con las que no estoy de acuerdo”. El socialista le dijo al banquero: “Entre los dos vamos a intentar idear algo para levantar el país”. El banquero le dijo al hipotecado: “Voy a menguar mi sueldo millonario para tratar de ayudarte”. El hipotecado le dijo al mendigo: “Si las cosas se me tuercen mucho, yo podría ser tú”. El mendigo le dijo al cura: “Muchos de los suyos sacrifican su vida para echarnos una mano”. El cura le dijo al abortista: “Dios creó al lince y al hombre de igual forma: haciéndoles libres”. El abortista le dijo al republicano: “Gracias por aceptar mi libertad para decidir”. El republicano le dijo al monárquico: “Al fin y al cabo lo que buscamos los dos es una democracia”. El monárquico le dijo al anarquista: “¿Qué te parece si leemos juntos a Maquiavelo y a Bakunin, a ver si sacamos algo en claro?”. El anarquista le dijo al comunista: “Ambos buscamos que todos los hombres sean iguales, tampoco nos distinguimos tanto”. El comunista le dijo al locutor radiofónico: “Defiendo la libertad de prensa, aunque no comparto lo que dices”. El locutor radiofónico le dijo al gobierno: “Intentaré ser objetivo”. Y así sucesivamente. “Apunten” dijo el gorila. Entonces los soldados le apuntaron a él.

LA VERDADERA HISTORIA DE ÍCARO

“Por favor, no me hagas vivir aquí en tu techo, sin ropa y sin alimentos”, imploró Ícaro, ya que el sol le había fundido las alas de cera y se había quedado encaramado en lo alto de una torre desde la que no se veía el suelo.

”, replicó la dama desde la ventana más alta de la torre, “y en las noches de frío te daré una manta, te leeré cuentos desde aquí y podrás dormir mirando las estrellas. Te tiraré pan con guindas y podrás comer con los mirlos que vienen a la torre. Me lanzarás besos y yo te chillaré versos desde aquí. Serás mi pájaro y yo seré tu sol”.

Ícaro lloraba pensando en su futuro y en su padre, que probablemente creería que se había muerto o que se había caído al mar. Mientras, la dama sonreía imaginando que aquella sería una preciosa y secreta historia de amor.

SABIDURÍA

Yo conocí a un hombre que estaba cojo, llevaba un ojo de cristal, un bastón chapado en estiércol, una pulsera de cascabeles y tenía un burro llamado Sansón. Durante 25 años se dedicó a criar palomas mensajeras con una habilidad de maestro, y nunca, nunca jamás en su vida escuchó la palabra colombofilia.