viernes, 28 de mayo de 2010

EXPEDIENTE X

Muchas personas se sorprenden de mi devoción a “Expediente X” teniendo en cuenta que me importa un pito la vida en otros planetas y que jamás he mostrado interés alguno por los fenómenos paranormales. Por eso suelo tener que responder a esta pregunta. “Expediente X” es una serie rebelde e inteligente llena de amor no resuelto, que apela al inconformismo, a la búsqueda y a no ignorar lo desconocido por el simple hecho de que no lo entendamos. Por lo tanto, la pregunta correcta sería: ¿cómo no me va a gustar?

Ésta es la historia de una cruzada. La de Fox Mulder, que siendo el agente más brillante de su promoción decide autoaislarse en los sótanos del FBI, en las catacumbas, para descifrar lo oscuro y lo incomprensible mientras arriba se quedan los hombres de traje que se limitan a clasificar informes y a no salirse del código. Así es como Mulder se convierte en el Sinistro, el loco, el desterrado (de hecho, lo primero que le dice a su compañera cuando ésta entra en el sótano-despacho es “¿en qué lío se ha metido para que la envíen aquí, Scully?”). Y también es la lucha de Dana Scully, esa maravillosa, inteligente, científica y escéptica Sancho Panza, que comienza intentando refutar las investigaciones de Mulder para hundir su excéntrico departamento, pero que acaba quedándose a su lado, siendo su pedestal, su equilibrio y muchas veces su razón, ya que no puede negar ni explicar todo cuanto empieza a ver junto a él.

Es la historia de dos inconformistas, de dos personas a las que no les gustan las preguntas sin respuestas y que viven marginados de las otras por sus propias creencias, sin importarles las burlas o el arrinconamiento. Nos arengan a no alienarnos, a mirar más allá de los informes y los números, y a desobedecer. Porque, como escribía Benedetti, obedecer a ciegas deja ciego y sólo crecemos en la osadía. El famoso “The truh is out there” no es la frase de un iluminado. Nos viene a decir que la verdad efectivamente está ahí fuera y hay que salir a buscarla porque nadie nos la va a traer a casa mientras vemos la tele en zapatillas. Y si nos las trae, desconfiemos de ella (Trust no one) porque nada es realmente tan fácil. Que tenemos que investigar y comparar, que no todo lo escrito es cierto, que solamente en nuestra mano está saber.

En “Expediente X” hablan constantemente de las conspiraciones del gobierno para encubrir la existencia de los extraterrestres, de los políticos que engañan, embaucan y ofuscan. Y si el Hombre de la Manicura consiguió esconder el ovni de Nuevo México, también Kissinger hizo lo propio con sus genocidios en América del Sur y Asia. De hecho son constantes las referencias a las trampas reales del gobierno, como por ejemplo con el caso Watergate (el confidente de Mulder se hace llamar “Garganta Profunda” y se encuentra con el agente del FBI en un garaje del mismo modo que Bob Woodward lo hacía con el hombre que desenmascaró a Nixon) o el enigmático asesinato de Kennedy (los “Tiradores Solitarios” se llaman así porque de esta forma se denominó al hombre que realizó el disparo en Dallas, se especula con la idea de que fuera el propio Fumador quien matara al presidente, y el nombre de pila de Byers es John Fitzgerald porque nació precisamente el 20 de noviembre de 1963, según él, el día en que el mundo dejó de ser un lugar seguro y los ciudadanos comenzaron a desconfiar). Así nos advierten que personas misteriosas dominan nuestra vida sin que nosotros lo sepamos, llámense el Fumador o el Club Bilderberg. Por eso cuando una alguien sale chillando aquello de “¡Roswell, Roswell!” no es únicamente un chiflado obsesionado con el platillo volante que supuestamente cayó en suelo americano en los años cuarenta, sino que es alguien que exclama: “oigan, dígannos de una vez la verdad, que sabemos que no dejan de escondernos cosas”.

El “I want to believe” tampoco se trata de una frase pseudo mística-religiosa que nos indica que creamos a ciegas (ya sabemos que eso deja ciegos). Lo que nos vine a decir es que abramos la mente, que no nos hagamos herméticos, que estemos dispuestos a reconocer que hay cosas mucho más allá de lo que conocemos. Hace cientos de años crearon a Dios para explicar el mundo. Luego inventamos la ciencia. Dios no avanza, pero la ciencia sí. Uno subyuga, y la otra trata de dar respuestas y soluciones La historia de la humanidad es precisamente ésta: llenar los espacios en blanco, acabar con los interrogantes. Aún hay miles de cosas que no entendemos, pero que eso no significa que sean imposibles, solamente que aún no hemos hallado la solución a estos enigmas. Que los pingüinos no tengan capacidad para resolver ecuaciones de segundo grado, no implica que éstas no existan. Por eso muchas veces somos como aves acuáticas mirando una pizarra llena de números. Hace años a los epilépticos se los tenía por enviados del diablo porque pensaban que estaban poseídos, había algo que nos devoraban por dentro y nadie sabía darle el nombre de cáncer ni dilucidar cómo éste actuaba. Scully y Mulder luchan para demostrar que algún día llegaremos a explicar lo que hoy no podemos.

Así, van desfilando ante nuestros ojos nazis fugados, científicos locos, mentalistas, un hombre que sabe predecir cómo morirá la gente que le rodea, la herencia genética que hace que los hijos recuerden los asesinatos de sus padres, una trouppe de feriantes deformes, un feto alienígena conservado en formol por nuestros abuelos, un chico que lleva cien años devorando hígados humanos, una familia desfigurada a base de años de incesto, enfermas terminales que nadie sabe por qué mueren, un asesino de niñas que logra entrar en la mente de Mulder, una mujer que es capaz de rememorar todas sus vidas anteriores, una nave extraterrestre con párrafos de la Biblia y el Corán grabados en su casco, criaturas feroces que se esconden en la oscuridad, en los bosques, en nuestros sueños. Y más, mucho más, muchísimo más.

“Expediente X” ha sido una serie valiente en casi todos los campos. No sólo por los ataques al gobierno, por la defensa de aquellos que quieren vivir al margen de lo establecido, por la magnífica puesta en escena o por mostrarnos lo paranormal con una rigurosidad con la que antes sólo se mostraban los juicios o los asesinatos. También lo ha sido en la crítica de las religiones. Dudar de si existe un Dios, hoy no parece nada irreverente, pero recordemos que esta serie es de 1993 y televisivamente ha pasado mucho tiempo. Llama la atención que precisamente sea Mulder el agnóstico de la pareja; él, que cree a pies juntillas en los demonios, los vampiros o los mutantes, es incapaz de creer en el Dios de los cristianos. Y de hecho su escepticismo aparece casi únicamente cuando tienen que enfrentarse a un caso religioso. Por el contrario, Scully, la científica, la racional, es la que lleva colgado al cuello su mítica cruz dorada, la que se refugia en las iglesias cuando las fuerzas le pueden y la que se arrodilla ante los curas para confesarse.

Pero es precisamente esta dualidad entre los dos protagonistas la que hace la serie sea tan extraordinaria. La razón y la ciencia de Scully contra la intuición y la psicología de Mulder. Cómo la una mantiene íntegro y honesto al otro con su exacerbado racionalismo; cómo el otro hace que la una vea más allá. Dos personas inteligentes que se complementan y se hacen fuertes con las contradicciones de ambos. Scully es un tipo de heroína a la que no estábamos acostumbrados, muy alejada de ese paradigma de mujer fuerte con cuerpo poderoso. Ella, por el contrario, es pequeña, pelirroja, científica, y con una extraña mezcla de frialdad y dulzura. Mulder tampoco es precisamente un prototipo de galán: obsesivo, hierático, comedor de pipas, irónico hasta la médula, quijotesco.

Sí, es cierto que muchas veces Mulder está chalado, para qué vamos a negarlo. Encuentra extraterrestres donde no los hay sólo por las inmensas ganas que tiene de hallarlos. No hay mayor ciego que el que no quiere ver, ni mayor loco que el que quiere hacerlo a toda costa. Porque en cierta forma, y si no se le controla, el agente del FBI se vuelve un fanático, se devora a sí mismo. Es un hombre con una causa, sólo vive para ella, y eso a veces le tapa los ojos. Es un peligro sobre el que en la serie nos advierten. Su leit motiv es averiguar qué pasó con su hermana Samantha al desaparecer misteriosamente ante sus ojos cuando eran pequeños (por Dios, ¿alguien ha podido volver a echar una partida al Stratego sin pensar que va a ser abducido por un ovni?), pero eso sólo es una excusa o un desencadenante. En un capítulo, Scully le dice que él es como el capitán Ahab, el protagonista de “Moby Dick”, ya que se pasa la vida con obsesiones imposibles de alcanzar, ya sea la verdad o una ballena blanca. Mulder le responde que si tuviera una pata de palo como Ahab, sobrevivir ya sería de por sí una heroicidad, no necesitaría demostrar nada y no sentiría la necesidad de perseguir a esas criaturas de lo desconocido. Por lo tanto Mulder no es otra cosa que el eterno insatisfecho.

Y a veces le odiamos. Odiamos que continúe siendo Peter Pan, persiguiendo siempre entre las nubes barcos piratas voladores, olvidándose de los que están en tierra firme, sin más relación humana que las revistas porno. Porque Mulder, que ni siquiera tiene una cama y duerme en el sofá de su apartamento, se ha acostumbrado a esta soledad, a este universo en el que él es mundo y población. Pero Scully no. A ella no le basta. Para Scully la soledad es una trampa de la que intenta escapar muchas veces, pero nunca llega a abrir la puerta porque Mulder la necesita allí dentro. Porque la ha arrastrado a esta contienda, y ella sigue creyendo en su compañero, arriesgando, apostando y perdiendo por él. La propia Scully reconoce en un capítulo que muchas veces se pasa el tiempo dando vueltas en círculos, lo que le suele ocurrir mcuando una figura autoritaria o absorbente irrumpe en su vida. En cierta forma eso le gusta, lo necesita, pero… Scully sabe que, después de perder el prestigio en su carrera, la posibilidad de llevar una vida normal con una familia e incluso a veces la libertad y la salud, lo único que le queda es buscar la aprobación de Mulder, ya que ni siquiera esta cruzada es la suya. Por eso odiamos a veces a Fox Mulder: porque está tan ocupado mirando más allá de las estrellas, que no baja la cabeza para contemplar a la persona que le sostiene el telescopio.

Pero en el fondo todos hemos querido tener un amor como el de Mulder y Scully, uno basado en la camaradería, la lealtad, la admiración mutua. Tener un compañero con el que luchar a capa y espada por la misma causa compartida, alguien que nos cubra en la retaguardia y poder entrar en la batalla seguros, tu otro perfecto, la persona que te proteja en la oscuridad. Aunque todo eso (y ésta es la letra pequeña) se lo dicen el uno al otro a voces, pero sin tocarse. Es bastante inclasificable la relación que mantienen, la cuál ambos valoran más que cualquier otra cosa en sus vidas, y que es misteriosa, incompleta y velada. Era esa tensión sexual entre ellos, esas ganas de que rompieran el muro y dejaran de comportarse con frialdad de mayordomos ingleses, lo que nos volvía locos a los seguidores de la serie. Estábamos atentos como búhos y disfrutábamos con cada pequeño roce, con cada palabra, con cada nimio gesto, a veces simplemente una mano en el hombro. Aprendimos a vivir de los detalles. Esta relación, sin cama ni besos, fue para mí la más explosiva de la pantalla.

En una serie suelo saber qué personaje soy. Desde que empiezo a verla, me estoy buscando. Reconozco que me muevo por empatía (aunque generalmente suelo enamorarme del personaje que menos se parece a mí, probablemente porque suelo enamorarme de las personas que logran hacerme rectificar, ya que de lo contrario sería simple onanismo). Sin embargo nunca he sabido quién soy en “Expediente X”. Por una parte soy el alma loca de Mulder, la perseguidora de imposibles, la insatisfecha; pero por otra soy la paciente Scully, que quiere vivir y no sabe cómo, siempre esperando a un Mulder que no llega. Envidio la pasión de Mulder, su inteligencia y su irreductibilidad, pero también la fidelidad de Scully a ella misma y a la ciencia, su integridad, su forma sosegada y racional de encarar el peligro y el dolor.

Y ahora mismo lo único que me apetece es volver a tragarme las nueve temporadas de la serie, escuchar de nuevo su inquietante sintonía, ver a Mulder y a Scully entrar con sus linternas en casas oscuras, enfrentarme a los monstruos, al gobierno, dejar de tener terror por lo desconocido e intentar entenderlo, refugiarme en los sótanos si es donde hay que ir para no dejarse llevar por la corriente, meterme en una aventura tras otra, seguir la expedición.

Ya dije al principio que lejos estoy de apasionarme por las historias de extraterrestres: no soy de esas personas que se quedan mirando a las estrellas y se pregunta cuántos ojos nos estarán observando a nosotros desde allá arriba; más bien miro las estrellas y me asombro por todo lo que podemos ver y cuánto nos faltará por atisbar. Por eso con “Expediente X” me siento exploradora. Cuando los descubridores llegaban al límite del mundo, escribían: “más allá hay dragones”. Vamos pues a alcanzarlos.

jueves, 27 de mayo de 2010

PERDIDOS

Un amigo, al que hace muchos años que no veo, se las ingenió para conseguir mi teléfono, mandarme un mensaje y decirme que necesitaba hablar con alguien del final de “Perdidos”. No sabía si yo veía la serie, conociéndome intuía que sí, pero quería saber mi opinión y dejar de ser náufrago.

Pensé que éste era el tipo de cosas que merecía la pena contar.

Llegué a la isla de la mano de otra persona que me llevó hasta allí. Y con ella he visto osos polares, y he estado atrapada en las jaulas, y he hecho cábalas con los números, y he gritado, y he saltado en el tiempo como la aguja de un tocadiscos y se me ha quedado la boca abierta, y he dicho “quiero más”. Por el camino se nos han ido juntando otras personas, amigos imprescindibles o compañeros de teorías. Se han quedado para el recuerdo momentos impagables, como aquel lluvioso día de verano en un pueblo junto al mar, encerrados en el salón con las persianas bajadas, y nosotros tres viendo ocho capítulos seguidos de “Perdidos”, volviéndonos locos; y después, en la cama, la persona que me llevó a la isla no podía dormir, y me despertaba preguntándome si Michael sería un fantasma, incapaz de quedarse quieto entre las sábanas, sin cerrar los ojos porque no sabía si cuando los cerraba soñaba o, simplemente veía, seguía viendo.

Entiendo la sensación de estafa cuando todos nosotros hemos llegado al final. Ha sido como hinchar un globo, seguir llenándolo de aire hasta que fuera enorme, y finalmente pincharlo de pronto sin dejar que llegara a volar. Se nos plantearon demasiadas preguntas y demasiado pocas fueron las respuestas. Muchos han tirado sus libros de física y mitología por la ventana, libros que estuvieron estudiando meticulosamente durante todo este tiempo esperando encontrar las claves escondidas en alguno de sus párrafos. He dicho hasta la extenuación que si al principio de un libro aparece un clavo en la pared, al final de ese libro debe aparecer un cuadro colgado de él. Los guionistas de “Perdidos” nos han dejado una pared agujereada. Temíamos que así fuera, y así fue. Casi lo convocaron nuestros miedos.

Pero también entiendo la emoción, y más que entenderla, la viví. El corazón como una locomotora, la piel de gallina mientras se encontraban, y recordaban, y recordábamos. La sorpresa final de que todo cambiara, de que esta serie de misterios fuera realmente una historia de personajes, una historia de amor y redención, de encuentros y destinos. En cierta forma, “Perdidos” se convirtió en “La historia interminable”, ese libro lleno de aventuras que Bastian lee en el desván de su colegio, y cuando llega al final se da cuenta de que el único fin de todas esas peripecias era que él imaginara, que conociera Fantasía, que fuera parte de ella y así pudiera salvarla. La finalidad de “Perdidos” era que sufriéramos con los personajes, que compartiéramos sus aventuras y naufragios, sus miedos, sus dudas, que nos convirtiéramos en otro buscador más de la isla, decidiendo siempre qué camino queríamos escoger, a quién seguir. No lo sabíamos, pero la clave éramos nosotros. Nosotros fuimos los auténticos protagonistas de la serie. No nos emocionó tanto que ellos recordaran, como que recordásemos nosotros todos estos años junto a ellos.

Esa fuerza que hizo que miles de personas se congregaran de madrugada frente a la televisión con la ilusión de un niño de ocho años ante una Noche de Reyes era la verdadera luz de la isla, su verdadero poder.

Y cuando esperábamos todas las respuestas, nos cambiaron todas las preguntas.

Por eso tengo un sabor agridulce, una división de la mente y el alma. Esperaba que la lógica del final pusiera luz en mi cerebro, pero lo que hizo fue activarme el corazón. Esa extraña división entre la cabeza y el lado izquierdo del pecho que casi nunca está completa, pero que todos aspiramos a ello.

Para la historia de la televisión, “Perdidos” no ha pasado desapercibida, sino todo lo contrario. La forma de contar, sus guiones, su factura, la presentación de los personajes, el modo de inocular la intriga, su manera de hacer posible lo imposible, cómo crear verdadera adicción. Todo ello ha marcado un antes y un después. Y, sobre todo, ha cambiado a los espectadores. Ya no nos vale cualquier cosa para pasar el rato: queremos más. Nos hemos vuelto inconformistas. Queremos personajes redondos, guiones geniales, tramas insospechadas. Queremos que nos den la vuelta, que nos apasionen. Y también nos hemos vuelto precavidos. No nos pueden volver a hacer lo mismo, no nos pueden volver a hinchar el globo para luego explotarlo. Al final de la serie necesitaremos que el globo vuele, y amenazamos de antemano con insurrección si esto no ocurre. Los guionistas tienen a partir de ahora una dura tarea por delante.

De todas formas, a mí nadie me va a robar “Perdidos”, nadie me va a quitar la sensación durante estos seis años de ser conspiradora. Porque lo mejor de la serie era hablar sobre ella. Y de nuevo, nosotros somos la clave. Fuimos nosotros los que abrimos los ojos hace seis años en aquel campo de bambú, y somos nosotros los que ahora los hemos cerrado.

lunes, 26 de abril de 2010

VIVIENDAS

A nada que abriera la ventana, la casa se le llenaba de ángeles. Patty andaba desesperada porque iban dejando por toda la casa un rastro de plumas y de pelusas que parecían algodón y eran muy difíciles de limpiar. Hasta que un día, escoba en mano, fue más fuerte el cansancio que el orgullo y decidió rendirse. Sin duda la mejor opción era mudarse. Así que se sentó en su escritorio para escribirle a John la carta que anunciaba su derrota. “De acuerdo, tú tenías razón. No fue buena idea venirse a vivir al último piso del Empire State Building”.

lunes, 12 de abril de 2010

Literatura de luces llameantes

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Aquella metáfora que identifica el saber con la luz y la ignorancia con la oscuridad es tan antigua como la Ilustración, momento histórico en el que a cualquier Montesquieu, Diderot o Rousseau le habría espantado tanto que ardiera una biblioteca como a cualquier pensador del presente, a pesar de que ahora digitalizan el catálogo.

Por este motivo, el gran asombro que provoca la descripción de la imagen de una biblioteca siendo pasto de las llamas ha sido la instantánea elegida para dar comienzo a Los libros luciérnaga (Algaida), la primera novela de la periodista y crítica literaria ovetense Leticia Sánchez. De hecho, ella misma asegura que "me impacta mucho esa imagen, porque ¡cuántas cosas se destruyen!".

Para evitar que el conocimiento se hunda en las tinieblas de la ignorancia, poco ilustrada, los libros luciérnaga de Leticia Sánchez se convierten en el hilo conductor de tres historias que van a terminar en un mismo punto, la creación de una trama común a partir de la cual alcanzar un "trepidante" desenlace.

"Es bastante difícil explicar de qué trata el libro, porque yo creo que descubrirlo al leerlo es, precisamente, uno de sus alicientes", señala la autora que, a pesar de ello, sí explica las pautas con las que lo ha construido: "Son tres partes muy diferenciadas que siguen el esquema típico. La introducción, ambientada en los años 40 y en la que aparece la biblioteca ardiendo, es un solo capítulo; en el desarrollo es donde está casi todo el peso de la novela, pues es el más extenso, tiene 84 capítulos; el desenlace son tan sólo unas 15 páginas". Así, está claro que el peso narrativo recae sobre las aventuras y desventuras de sus protagonistas en la segunda parte del libro.

Con esta estructura y lo que contiene, la primera obra de Sánchez ha ganado el Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos Llorach, que otorga la Diputación de Oviedo. Sobre ello, la escritora se muestra aún sorprendida: "Fui un poco profeta en mi tierra, el premio era internacional y, que yo sea de allí, es pura casualidad". De ahí que Sánchez se sintiera "como si me hubieran dado un Oscar en la alfombra roja" y se asombrara "muchísimo, porque además, sigue siendo un sueño" para ella.

Ya metida en su faceta como crítica literaria, Sánchez afirma que la escritura en España se encuentra "en un momento muy álgido" y se siente optimista en cuanto al uso de las nuevas tecnologías: "La informática hace que el escritor y el lector estén cada día más cerca". Ella, fiel a sus ideas, comparte ideas con sus lectores en su blog (http://loslibrosluciernaga.blogspot.com) y en su perfil de Facebook.

http://www.elcorreoweb.es/cultura/090392/leticia/sanchez/luciernaga/libros/novela

lunes, 29 de marzo de 2010

Leticia Sánchez llena de enigmas su primera novela

'Los libros luciérnaga' ganó el Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos Llorach

E. P./ SEVILLA | ACTUALIZADO 29.03.2010 - 09:04



    La escritora asturiana Leticia Sánchez Ruiz llena su primera novela, Los libros luciérnaga, con la que obtuvo el pasado año el IX Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos Llorach, de "enigmas, misterios, personajes, historias y literatura, que es el motor de la evolución de la trama".

    Sánchez Ruiz confesó que el libro "esconde muchísimas cosas, sobre todo, cajas llenas de misterios y de enigmas, donde cada capítulo abre y descifra uno de ellos". Al mismo tiempo, apuntó que la novela recoge tres historias principales como son el relato de una búsqueda, una historia de amor y otra de un hombre triste que quería hacer la revolución pero acaba abriendo un bar. Además, según precisó, el lector conocerá otras historias como la del incendio de la una biblioteca o la de un libro perdido.

    Asimismo, la escritora aseguró que, junto al amor, la búsqueda y la aventura, su novela recoger "literatura, pues los libros están presentes desde el principio como así se refleja en el título". En este sentido, añadió que las páginas albergan a libreros, lectores, escritores o directores de bibliotecas, siendo "los libros el motor que hace evolucionar la acción de la trama". De esta manera, explicó que la novela se trata de "un homenaje con cariño a los libros".

    Los libros luciérnaga recoge los episodios del incendio de una biblioteca en mitad de la noche y como 50 años más tarde el genial Ulises Font comienza una inusual búsqueda. Además, Felipe, que se ha pasado la vida esperando que le sucedieran cosas que nunca le ocurren, regresa a su pueblo para el esperpéntico entierro de su abuela. Por su parte, Lucía, una escritora que no publica, vive encerrada en una casa de ladrillos rojos y escribe cuentos para Pian, que es su mundo y su maestro.

    jueves, 25 de marzo de 2010

    Leticia Sánchez gana el Emilio Alarcos Llorach con ''Los libros luciérnaga''

    «Los libros luciérnaga» (Algaida) es la primera novela de la ovetense Leticia Sánchez, ganadora del IX premio internacional de novela «Emilio Alarcos Llorach», quien dijo ayer que estos libros «son aquellos que brillan en la oscuridad».
    En una entrevista concedida a Efe, la escritora reconoció sentirse «alucinada y asombrada» con el reconocimiento de su libro y confesó que toda la vida «soñó» con esto y «todavía parece que le pasó a otra». La novela entrelaza tres historias distintas a través de una trama que en cada capítulo formula nuevas preguntas y que tiene como fondo el incendio en una biblioteca a mitad de la noche.
    La literatura es el trasfondo, «a veces de forma muy explícita y a veces de forma muy tangencial, pero siempre, de alguna manera» ya que «en la trama hay bibliotecarios, librerías, la biblioteca, lectores o escritores», dijo.
    Así, la trama se une en tres historias, la búsqueda de Ulises Font, el regreso de Felipe a su pueblo para el entierro de su abuela o la vida de Lucía, una escritora que no publica, que, como ha indicado Sánchez, son un todo en su cabeza. De todos ellos, ha confesado que se identifica más con Felipe, «en contra de lo que suele pensar la gente» y ha dicho que ella, al igual que el personaje, también tiene «una revolución pendiente» y espera que «algún día, no sé cuándo ni por qué, cambie todo». La escritora afirmó que «Los libros luciérnaga» no ahonda en los lugares ni los describe demasiado, ya que «necesitaba deformar una ciudad para que los personajes estuvieran en ella» y añadió que lo que le interesaba era «crear todo el ambiente que había a mi alrededor».
    Reconoció que lo «más difícil» ha sido «que todo encuadre como un encaje de bolillos» para que no quedara nada «flaco», y hacer hablar a los personajes «y que tuvieran una coherencia, lo que me dio bastantes quebraderos de cabeza».
    Avanzó que ya ha comenzado a escribir su segunda novela, que empezó «justo tras terminar la primera» y adelantó que la trama se sitúa en los años 60 en un bar «enorme» donde la hija de los dueños del bar es amiga de un parroquiano de 100 años que al morir le deja en herencia el gran juego y tiene que empezar a jugar.

    miércoles, 10 de marzo de 2010

    LAS MIL VIDAS DE JAIME HERRERO

    Oviedo no es París, pero junto a Jaime Herrero lo parece. Es de las personas que tienen esa maravillosa cualidad, que arrastran esa bohemia, esa extraña sabiduría. Enciende un cigarrillo tras otro, le gustan las fotografías con humo, la vida con humo. Coge los cigarros con sus dedos alargados capaces de pintar casi cualquier cosa, rótulos, cuadros, el mural de un cine, la Torre Eiffel, de escribir poemas. Cuando los jóvenes pintores van a pedirle consejo, Herrero simplemente les da dos: que la vida es muy dura y que se vayan de Oviedo, a donde sea. “Esta ciudad parece que se está haciendo más pequeña”. A Jaime Herrero, que siempre ha sido hombre de tertulias, se le van cayendo las historias como botones que se desprenden de un pijama viejo. Pero empecemos por el principio.

    “Bombardearon la clínica de Gijón el día que yo nací” cuenta. Así, en 1937, ya empezó su vida de peripecias. Su padre, norteamericano, era productor de cine en Hollywood. En su casa cenaban Charles Chaplin y Jardiel Poncela. Comían platos italianos que su abuela había aprendido a hacer en Argentina. “El cine siempre ha sido mi asignatura pendiente” confiesa con algo de tristeza Herrero, al que le flota en la sangre el amor por el celuloide. Hay cierta añoranza por aquella vida al otro lado del mar rodeada de estrellas y guiones. Su padre vino a España con un amigo y montaron una empresa para distribuir películas norteamericanas por todo el país. El padre de Herrero se ocupaba del Norte, su socio de la zona Sur. “Mi padre tenía la empresa en la calle Gil de Jaz, en la casa que llamaban de las abejas”. A pesar de sus reticencias, su socio le convenció para que distribuyeran también películas alemanas. “Al final fue gracias a eso a lo que salvó la vida. Cuando cayó en la zona republicana en Bilbao casi lo matan los republicanos, y cuando acabó la guerra en un campo de concentración, casi lo matan los nacionales. Lo salvaron los alemanes, porque era él quien distribuía sus películas”. La guerra pilló al padre de Herrero en Gijón, mientras que su mujer y su hijo, “no sé muy bien por qué”, permanecían en Valencia. “Un día nos llamó y dijo que él se marchaba, que no entendía nada de este Cristo que estaba pasando en España, que era un salvajismo”. Cogió un barco para Francia, y de allí habría pasado a Estados Unidos para regresar a su vida de celuloide, pero una unidad nacional detuvo el barco al salir del puerto de Gijón y mandaron a los tripulantes a un campo de concentración en Nanclares de Oca. “Mi madre, una tía mía y yo, que por entonces tenía unos dos años, pasamos de Gerona a Francia para encontrarnos con él. Pero al final acabamos también en un campo de concentración”. En él pasó el pintor los primeros días de su infancia y dejó en su mente un recuerdo imborrable: el de un demonio negro con un chuchillo muy grande. Uno de esos tantos monstruos que más tarde pintaría en sus cuadros, aquellos fantasmas de la guerra y de la posguerra, una época propicia para tener miedo. “Años más tarde descubrí qué era aquel recuerdo. Vi unas fotos de un campo de concentración que era vigilado por soldados senegaleses armados con bayonetas: el diablo negro y el cuchillo”.

    Gracias a un tío suyo, que era requeté, lograron salir de aquel campo y venirse a Asturias. Ahí empezó alguna de las cientos de vidas que tuvo Jaime Herrero en ésta que es una sola.

    Madrid era una tertulia, París era una fiesta

    Dice que no es vago, que se ha pasado la vida trabajando, pero sí confiesa que ha sido disperso porque ha hecho muchas cosas. “Incluso escribí durante mucho tiempo columnas en La Nueva España en las que contaba mi infancia en Madrid. Me gustaba mucho hacerlo”. Porque eran buenos recuerdos. Cuando era sólo un niño entraba gratis en los cines de la capital gracias al trabajo de su padre. También le acompañaba a las tertulias del café Varela; mientras su padre charlaba con personajes como Mihura o González Ruano, Jaime, a su lado, balanceaba las piernas en la silla y leía cuentos.

    A pesar de que en algún periódico soviético saliera publicado que Jaime Herrero era un héroe del pueblo que cruzó los Pirineos pegando tiros contra las hordas franquistas, lo cierto es que se marchó a París en tren. Y aquí comenzó otra de sus vidas, aunque ya hayamos perdido el número. “Paraba por un café cantante, en el que, entrara quien entrara, tenía que cantar si quería tomar algo. Uno nunca pagaba sus consumiciones, sino que al final de la noche, se dividía lo que se había bebido entre los que estábamos allí y todos pagábamos lo mismo”. Fue en aquel mismo café donde se cantaron algunos de sus poemas. Era el París de los 60, aquella fiesta que nunca acababa, y Herrero tenía que ejercer dotes casi de prestidigitador para pagarse los cafés y las pensiones, volando de un oficio a otro. Pintó la Torre Eiffell a brocha colgado de un arnés, trabajó en la Renault, por la noche pintaba y estudiaba cine. Y fue por aquel entonces cuando volvió a nacer de nuevo. “Trabajé en una cantera de la que fui el único superviviente, los demás murieron en una explosión”. En París, en pleno agosto, bajo un sol de justicia, picaban en la cantera. Lo más probable es que la dinamita, con aquel calor, comenzara a sudar nitroglicerina. Lo cierto era que Herrero aquel día se encontraba mal, tenía descompuesto el estómago.”Me dijeron que me fuera a las letrinas y que esperara allí, que el primero que marchase para París, me llevaría con él”. Fue en las letrinas cuando oyó el gran estallido. “De esto no me acuerdo, me lo contaron, porque las letrinas también volaron por los aires y la explosión me dejó desnudo y hasta me volaron los zapatos”. Le dieron una indemnización pobre y continuó viviendo.

    Antes de la explosión, Herrero se dedicaba a hacer esculturas con las piedras de la cantera. “Era una especie de copia del Prerrománico asturiano que yo inventé, porque en el Prerrománico no hay escultura. En las galerías donde se exponían, escribía disparates en las tarjetas: que si eran del siglo VII, que si en la época de Segismundo I...”. Un día apareció un hombre interesado en estas esculturas, y le dejó a un sótano para que continuara realizándolas allí y tuviera un lugar en el que trabajar tranquilo. Jaime Herrero tuvo entonces algo así como un mecenas. “Hasta que descubrí que era un asesor del Louvre que hacía falsificaciones y las pasaba por buenas. Tenía a ceramistas y pintores realizándole copias. ¡Y mis esculturas las vendía como auténticas!”. Herrero no dudó en salirse de aquel timo.

    Sin embargo, gracias a aquel hombre ganó mucho dinero: le pagaba a buen precio las esculturas. “Entonces me planteé: ¿qué hago ahora? ¿Marcho para España con esto? No. Ya viví la miseria de París. Ahora voy a vivir el lujo”. Le dijeron que lo primero que había que hacer para ser rico en París era alquilar un esmoquin, aunque te quede corto y vayas enseñando los calcetines raídos por debajo. Con su traje alquilado fue a la ópera y al mejor restaurante de París. Cuando el maitre le vio aparecer con aquella pinta de vagabundo elegante y pedir mesa, le advirtió que allí había que reservar con meses, incluso con años de antelación. “Me preguntó qué era realmente lo que quería y yo le expliqué mi historia”. Al final le dio una mesa, le elaboró un menú, y Herrero volvió cada noche hasta que se le acabó el dinero. “Le dije que aquella era la última vez que venía, que no sabía que ser rico era tan caro”. El maitre le invitó esa noche para que le pudiera quedar algo de dinero. Al día siguiente Jaime Herrero le llevó al restaurante un cuadro, que mandó que le entregaran de parte del pintor español. “Creo que aquél fue uno de los mejores cuadros que pinté en mi vida”.

    Consiguió un título en la Escuela de Cine de París y trabajó un tiempo en los estudios de animación “Imagen y Relieve”. “La jefa de iluminación y fotografía era una hermana de Brigitte Bardot. Estaba muy desequilibrada, era una profesional impresionante, pero era alcohólica. Todos pensamos que era porque no soportaba lo de la hermana, ya que la guapa era ella. Era de morir. A mí me tenía en los huesos. Nunca supe en qué acabó”.

    Madrid le estaba esperando, y Jaime Herrero regresó, con muchas más vidas en los bolsillos. Continuó con el cine, su asignatura pendiente y heredada, empleándose como ayudante de dirección de Pedro Lazaga. De nuevo llegó por allí un hombre y de nuevo las cosas volvieron a cambiar para Herrero. Era un representante del Sindicato Vertical del Espectáculo, que le pedía sus papeles y su situación “Me los tiró al suelo y me dijo que aquello no servía para nada. Que lo que tenía que hacer para legalizarme era afiliarme al sindicato y realizar tres películas gratis, que me arreglara, que así era la ley”. El jefe de producción, para hacerle un favor, le metió a trabajar en el catering. “Por lo menos si estás la lado de la comida, comes y lo que sobra lo llevas para casa, me dijo”. En aquella película, Jaime Herrero pudo cobrar algo porque el protagonista era pintor y le pagaron por pintar los cuadros que en la película supuestamente pintaba el actor. Pero no pudo permitirse hacer el segundo y el tercer film, ya que el bolsillo vacío azuzaba. Estuvo deambulando por Madrid, buscando trabajos aquí y allá. Y volvió a París de nuevo.

    Mayo del 68: pide lo imposible

    “La última vez que estuve en París fue en el 68” dice Jaime Herrero, y es algo que muchos no pueden decir. “Pero que nadie se equivoque, que yo no era un héroe”. En aquella época no tenía residencia fija, iba por las casas de sus amigos artistas del Barrio Latino. Una noche, en el círculo de Bellas Artes, pintó un cartel que luego se convertiría en un símbolo. “Era uno de los carteles del mayo francés, el del policía que está con un escudo y una porra. Pinté otros, que aún tengo guardados en casa”. Aquella revolución de París la vivió Jaime con amigos. Concretamente con amigos españoles que pertenecían a la legión francesa y que habían estado presos en Vietnam. Pero, como decía el camarero de “Irma la dulce”, esa es otra historia. Cuando en las calles de París mataron a un policía, su amigo legionario le dijo: “la policía francesa son asesinos. A partir de aquí hay que largar. Porque ganamos la batalla de las calles tácticamente, pero la perdimos estratégicamente”. El pintor afirma que nunca entendió demasiado bien qué le quiso decir su amigo con eso. Cogieron un tren y se marcharon a Versalles a vivir en una pequeña pensión. “Y vaya si se pusieron mal las cosas. Aquello se puso tremendo. Mataron a todos los del último grupo de la Soborna, los llamaban los vietnamitas, estudiantes de extrema izquierda. Y en las furgonetas hubo violaciones e innumerables atropellos”.

    “Perdóneme, pero a usted le inventé yo”

    Oviedo volvió a acogerle, como siendo niño. No entró en la gran pantalla, pero sí en la pequeña. Comenzó su aventura en Televisión Española, trabajo que conservaría hasta la jubilación. “En la tele empecé haciendo las cosas más raras del mundo” afirma el pintor, sin evitar que se le escape la risa. Fue rotulista, hacía chistes gráficos, pintaba el tiempo, ponía voz a algunas piezas, cuando no llegaba el invitado a tiempo le entrevistaban a él y ejerció hasta de cámara. “Yo era un cámara malísimo, pero ¿qué querían? Si estaba ahí para hacer un favor, suplía a otro un verano en el que no había nadie”.

    En la televisión le ocurrió una de las cosas más curiosas de sus múltiples vidas. Fue en la época en que hacía unas coplas de ciego. “Aparecía un teatro, se abría el telón y en el escenario estaba el decorado de una plaza de un pueblo, salía un ciego con una guitarra y con unos dibujos cantando historias. Yo hacía los dibujos y me inventaba las historias que contaba el ciego”. Un día le llamaron al despacho del director; cuando fue, se encontró con un hombre al que no había visto en su vida, estaba muy ofendido con él y le exigía una rectificación. Al parecer, en su pueblo hacía días que le llamaban el asesino. “Resulta que coincidía el nombre, los apellidos, casi la profesión (porque el hombre era arquitecto y el de la copla, ingeniero), y el nombre del pueblo. Me quedé de piedra. Yo no sabía ni que ese pueblo existía, y resultaba que estaba en Aller. “. Y allí estaba Jaime Herrero, hablando con un hombre que él mismo se había inventado.

    El corazón escondido

    Jaime Herrero y el dinero se conocieron poco. “Suerte que soy un espartano” dice. Un día que iba a coger un tren para París para presentar un libro de poesía, se encontró a un amigo suyo por la calle que le preguntó a dónde iba sin equipaje. Herrero sólo llevaba un periódico doblado en el brazo y, dentro de él unos calzoncillos y dos plátanos. Siempre fue así. Hasta que tuvo familia.

    Dice sin rubor que conocer a su mujer fue de las mejores cosas que le han pasado en la vida. “Ella me ha organizado mucho y siempre, siempre, me ha apoyado con la pintura”. Herrero no entiende muy bien por qué ahora le llega el reconocimiento, siendo un joven artista de 70 años, cuando lo cierto es que lleva toda la vida trabajando. Una prueba de ello es el almacén lleno de cuadros que atesora, obras que hace dos años se exhibieron en el Campoamor en una impresionante exposición antológica. “Se ordenaron por décadas. La gente me preguntaba dónde diablos tenía metido todo esto”. Pero no es que ahora Herrero exponga, sino que ha vuelto a exponer. “En los años 60 hice la mayor exposición que se hizo nunca en Oviedo: expuse en 6 sitios a la vez. En cuatro galerías, la Universidad y el hall del Palladium. Pero lo cierto es que no me hicieron mucho caso. Son los mismos cuadros que expongo ahora y me dicen que son buenísimos”.

    Ahora lleva una serie por toda España. Comenzó en Madrid, le siguió Zaragoza, en estos momentos tiene sus cuadros en Cáceres y, finalmente, vendrán a Gijón. “Y espero que ya termine, porque estoy agotado” comenta este hombre que dedica las mañanas a pintar y las tardes las pasa en el estudio, ilustrando, leyendo.

    Ha publicado varios libros de poemas, ilustrado más de 200 libros asturianos y la modestia le impide decir que ha sido, posiblemente, el primer expresionista español bajo la influencia de Francis Bacon. ¿Cuántas vidas le tocarán aún por vivir?

    Jaime Herrero sale del café, abre el paraguas y mira la ciudad nevada. Recuerda una frase de Xuan Bello: todas las ciudades tienen un corazón escondido. “Para mí la única ciudad de todas en las que he estado que tiene un corazón escondido es Oviedo” dice “Por eso siempre he vuelto y nunca me marcho”.