miércoles, 24 de febrero de 2010

Leticia Sánchez-Ruiz

Jovencísima ovetense, flamante ganadora de la IX edición del Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos con su novel “Los Libros Luciérnaga”, columnista, redactora (no en vano es licenciada en Ciencias de la Comunicación), crítica literaria, lectora y cuentista, lo que no es primerizo son sus premios, puesto en el 2004 se hizo con el Tétrada Literaria de Novela Corta con su “El Precio del Tiempo”. Leticia, embarcada en otra obra, entre presentación y presentación de su éxito, no duda en pararse un rato con nosotros para contestarnos unas preguntas.


Usted escribió (e incluso ganó un premio) una“novela corta antes de “Los Libros Luciérnaga”. ¿Fue algo preparatorio? ¿Considera “necesario” escribir algo más corto antes de embarcarse en una novela, o ambos son géneros independientes con problemas diferentes?

Preparatorio, no. Yo sabía que algún día escribiría una novela, pero nunca consideré como preparación previa todo lo que escribía antes: novelas cortas, poemas, cuentos… Me gustaba escribirlas y me sigo gustando hacerlo. El cuento es un género que me apasiona, y que en Sudamérica es más importante que la novela. Ahora, eso sí, la dureza que tiene ponerse a escribir una novela, las horas y esfuerzos que supone tanto en el escritorio como fuera de él, no creo yo que haya nada que te lo prepare.

Comentaba en una entrevista que es una lectora voraz. ¿Le cuesta no dejarse influir por el estilo del autor que está leyendo en ese momento, y lo traslada sin darse cuenta a su escritura, o por el contrario no le influye en absoluto?

Es algo que no puedes evitar, es como estar tarareando una música que escuchas. A veces noto que meto en lo que escribo, queriendo o sin querer, influencias de lo que en ese momento estoy leyendo (una frase, una puntuación, un tono, una idea… pequeñas cosas). Aunque realmente uno no es del todo consciente. Por ejemplo, varias personas que no conocía me han dicho que leyendo mi libro pensaron que a mí me gustaba Julio Cortázar. Y así es, pero por más que lo miro, no veo nada que se pueda parecer a lo que Cortázar escribía. No sé, debe ser como un perfume.

¿Cómo planeó la novela? Hay 3 historias bien diferenciadas. Seguro que se lo han preguntado alguna vez, pero, ¿escribió cada una, de principio a fin, por un lado, y luego las mezcló? ¿O fue escribiéndolas tal cual las encuentra el lector?

La verdad es que el planteamiento de la novela fue todo un caos, una mezcla de todas las cosas. Pero digamos que, para ordenarlo, para hallar la “entropía”, escribí las historias una a una. Aunque mi visión de la novela fue global; una historia siempre contenía las otras dos.

A pesar de su juventud, los protagonistas de la línea argumental más trabajada y compleja son francamente mayores. ¿Le costó especialmente? ¿O, por cercanía, le resultó más difícil redactar la historia de Lucía?

Cada uno me costó de forma distinta. Por ejemplo, cuando escribía sobre Ulises y Melquíades, me preguntaba si la gente de 65 años hablaría de esa forma o se plantearía esas cosas. Pero cuando escribía sobre Felipe o Lucía, me preguntaba: ¿realmente la gente de esta edad es así, o es que estoy demasiado viciada por mí misma? Y, si te digo la verdad, casi fue más difícil hablar de mi generación. A los demás los miraba con otra perspectiva.

Es increíble la madurez que consigue, y el gran realismo psicológico que desprenden los personajes (y digo increíble por la edad de la escritora). ¿Estaremos ante la versión española de Zadie Smith?

¡Muchísimas gracias! Una de las obsesiones que tenía en esta novela, casi más que la de contar la historia, era la de hablar de los protagonistas. Que el lector los conociera, los amara, los odiara, los viera, los entendiera… que, en definitiva, los acompañara en esta aventura. “Los libros luciérnaga” es fundamentalmente un libro de personajes. Ya he dicho más de una vez que en muchas ocasiones quise tirar la novela por la ventana mientras la escribía, y que un motivo poderoso que me hizo no arrojarla por el patio de luces fue el pensar que dejaba huérfanos a mis personajes. ¿Qué sería de ellos sin mí? Dejarían de existir. Les he cogido tanto cariño, y los veo tan claramente, que un día pienso que me los voy a encontrar por la calle y vamos a saludarnos.

¿Zadie Smith? Qué más quisiera yo. Esa mujer con 22 años ya estaba en la lista de los best-sellers…

Una pregunta indiscreta: ¿hay mucho de usted en Lucía?

Jajajaja. Cada vez que yo le preguntaba a un escritor que con cuál de su personajes se identificaba más y me respondía que había un poco de él en todos, siempre me quedaba bastante chafada pensando: “Qué poco interesante, qué manida la respuesta”. Y ahora, heme aquí, obligada a decir lo mismo, porque es la verdad. Hay mucho de mí en Ulises, el progre del 68, y en Felipe, el dueño del bar con una revolución pendiente. Y sí, claro que hay mucho de mí en Lucía, la chica que sueña con ser escritora, o que ya lo es sin darse cuenta. Lo que pasa es que a Lucía, más que identificarme con ella, la veo como una hermanita pequeña.

Usted también es crítica literaria. ¿Ayuda eso a la hora de escribir la novela, o por el contrario, asusta, puesto que el espíritu crítico no hace más que incordiar?

Ni ayuda ni estorba. Yo soy una crítica que lee no con ojos de crítica, sino con ojos de lectora. Pero claro que me asustaban las críticas, y que no gustara a los lectores, y que no le gustara a la gente que quiero, y que no se vendiera… es todo un cúmulo de miedos. Y me siguen asustando, y algo me dice que no me van a dejar de asustar nunca. Sólo hay un momento en el que nada de eso me importa: mientras escribo. Pero cuando salgo de ahí, me tiemblan las piernas por casi todo.

Los finales de las novelas es algo que me obsesiona. ¿Acabó usted la novela, o fue ella la que finalizó sola?

A mí también me obsesionan los finales de las novelas. No me gustan los finales abiertos, las cuentas pendientes que nunca se saldan. “Los libros luciérnaga” es como un mosaico hecho con pequeñas teselas, pero al final, cuando ya está acabado, te das cuenta que entre todas forman un único dibujo. En parte la acabé yo, y en parte se acabó ella. Sin darme casi cuenta, como por arte de una magia extraña, muchas de las teselas se fueron colocando solas. A veces, mientras escribía, me ponía la mano en la boca, y decía para mí: “anda, así que esto era por esto otro. Mira tú…”. En muchas ocasiones la novela me sorprendió. Espero que también le ocurra a los lectores.

¿Alguna vez pensó en hacer una revolución?

¿Alguna? ¡Cientos! Yo, como Felipe, mi personaje, también tengo la absurda y triste certeza de que algún día la haré. Quién sabe si la estoy haciendo ahora. De lo que tengo miedo es de dejar algún día de soñar con revoluciones.

Mójese: ¿qué autores actuales no le gustan nada? Y para que no nos quede criticón, díganos cuáles le gustan mucho.

No me gustan nada los escritores-mandarines que tienen secuestrada la cultura, que nos hacen creer que la literatura es algo muy serio, un privilegio para unos pocos, y que apartan a la gente de los libros, como si estos estuvieran reservados únicamente a los “exquisitos”. Adoro los escritores que escriben con los brazos abiertos.

¿Qué opina de la literatura en asturiano?

Admiro a quien tiene el coraje y el amor de escribir en una lengua que hablan muy pocos, en una lengua que aprendimos y aprendemos en nuestras casas, que forma tanta parte de nuestra cultura como nuestra familia o nuestra ciudad. Pero es una cuestión de piel. A mí escribir en asturiano no me sale. Eso no implica que la literatura en asturiano no la considere necesaria.

¿Le gustaría pertenecer a una generación de escritores?

La verdad es que considero que todos los escritores de mi generación (es decir, los que nacimos a finales de los 70, principios de los 80) somos muy diferentes entre nosotros: tratamos temas distintos, estilos dispares… Pero sí que hay algo que nos iguala: todos crecimos en libertad. Y eso es algo que se nota. Por ejemplo, en la nostalgia con la que hablamos de la vida de nuestros abuelos, de aquella generación amordazada de la que ahora nosotros, de alguna manera, somos sus portavoces.

Su novela, exceptuando las alusiones a Barcelona, Cardiff y Santander, no incide demasiado en los lugares, ni los describe de un modo exhaustivo, dejando a los personajes suspendidos en cualquier ciudad, o cualquier pueblo. ¿Fue intencionado? ¿Quería, así, universalizar la novela, y por tanto, los sentimientos?

Los sitios donde más se desarrolla la novela son la Vieja Ciudad y el pueblo de Fenexía que, aunque sean trasunto de otros lugares, el lector no los puede identificar en el mapa. Lo hice así por tres razones. La primera es que no me gusta escribir sobre lugares cercanos. No sólo no me gusta: es que no puedo, no puedo nombrarlos. La segunda es que así estos lugares pueden ser cualquier ciudad pequeña, cualquier pueblo, el de cada uno. La tercera es que yo necesitaba unos sitios que pudiera deformar alegremente, poner calles, quitar edificios, inventarme cosas. Claro, si es un lugar concreto no puedo hacerlo. Inventé para poder ser libre.

¿Lleva más pensar una novela, o redactarla?

Sin duda, pensarla. Pensarla te lleva años, noches, paseos, cafés, rutinas, vacaciones… a veces una vida entera. Las mejores ideas no surgen en el escritorio, sino bastante lejos de él. Piensas la novela viendo la tele, charlando con los amigos, dando vueltas en la cama… es algo que te acompaña y nunca te suelta. Por eso los escritores tenemos fama de despistados: casi siempre estamos pensando en otra cosa.

¿Qué novela le hubiera gustado a usted escribir?

“Cien años de soledad”, “La conjura de los necios”, “Rayuela”, “El dios de las pequeñas cosas”, “Seda”, “La historia interminable”, “1984”, “Manuel de literatura para caníbales, “El Principito”… y un largo etcétera. (¿O sólo había que decir una?)

Por ser nuestra revista una “filial” de un taller de escritura, ¿qué opina de los talleres literarios?

He ido a muchos, me he divertido de lo lindo y pienso que son fantásticos. Por un lado, aprendes. Por otro, te rodeas de gente que lee y que escribe, y siempre es una suerte tener alguien con quién hablar de las cosas que a uno le apasionan. Y, además, te obligan a escribir, a sentarte frente al escritorio, que en el fondo es el paso más duro. Aunque, si alguien piensa en ir a un taller con el convencimiento de que no va aprender nada porque ya lo sabe todo, y únicamente quiere que se alaben sus textos, para eso mejor que se quede en casa haciendo crucigramas o calceta.

¿Cree que la aparición del e-book ayudará a los escritores noveles? Y, siguiendo con esta línea, ¿son las nuevas redes de información útiles para que un escritor propague su escritura?

Sinceramente, no tengo ni idea de lo que pasará con el e-book, si ayudará a los escritores, si hará más fácil y accesible la lectura, si llegará donde el papel no llega. Lo que tengo claro es que el papel no desaparecerá, como no desaparecieron ni el vinilo, ni el teatro, ni la radio. Ni hay por qué sustituir, sino convivir. Y las redes de información actual son sumamente útiles para hacerse conocer. Además facilitan una comunicación directa entre el escritor y el lector. La primera vez que un lector me escribió en facebook para decirme que le había gustado mi libro y quería hacerme preguntas, casi me caigo de la silla. Continúo teniendo esa alegría cada vez que me escribe uno.

1 comentario:

  1. Hola Lucía,

    Me hubiese gustado enviarte un email privado pero no he encontrado en el blog forma de contacto, por esta razón te escribo aquí en tu blog un comentario.
    Seguro que ya te lo han dicho muchas veces, pero no quería dejar pasar la oportunidad de decirte que me ha encantado tu libro, que he disfrutado leyendo cada capítulo, y que a veces lo hacía muy rápido para pasar al siguiente y saber que sucedería con las otras historias. Tu libro llegó a mis manos de casualidad, una tarde de carnaval después de una colaboración en el centro asturiano. Para agradecer mi asistencia, no hubo regalo mejor para mi que tu libro.
    Soy una chica ovetense de tu edad, y he disfrutado mucho leyendo el libro, lo cierto es que me gusta leer, me da igual el qué, sólo que lo que me cuenten me enganche, me emocione, me distraiga y me haga sentir. Y todo eso lo encontré en "Los libros luciérnaga". Cuando lo acabé me entraron ganas de escribirte, porque me gustaría preguntarte algunas cosas del libro, aunque muchas de estas preguntas se han resuelto leyendo las entrevistas. No sabía que Fenexía no se podía identificar en el mapa, y durante todo el libro para mi la Ciudad Vieja fue Oviedo, el parque de las putas el Campillín, situé en un lateral de esta parque la librería de Melquiades, y cerca de allí también el bar de Felipe, y a casi todos los lugares les puse sitio físico aquí. Esto fue una de las cosas que más me gustó, sin embargo tenía esa duda por dentro, y pensaba que si alguien de otra ciudad lo leía seguro que encontraría su libería, su bar, su pueblo Fenexía. Creo que al imaginarme las historias aquí en la ciudad donde vivo, me gustaba imaginar que todas las historias tan maravillosas que relatas le podían haber sucedido a gente que pasa por mi lado en esta ciudad, buscaba a Lucía y a Pian en alguna tetería, y cualquier señor delgado que fumase con la mirada pensativa se me antojaba Ulises...
    El pasado 30 de marzo mi mejor amiga cumplió años, no lo dudé ni un segundo, "Los libros luciérnaga" es el mejor regalo, le expliqué con mucha emoción cuando abrió el regalo lo que había sentido leyendo tu libro, y le dije que una vez que lo termine me cuente si ha visto los mismos sitios que he visto yo en el libro, que ha sentido con los personajes, cuál es su historia favorita...porque creo también es un libro para compartir.
    Enhorabuena por tu trabajo, espero poder leer más cosas tuyas porque me ha encantado, gracias por hacer lo que te gusta con tanta pasión e ilusión.
    Espero poder conocerte alguna vez y charlar un rato, un abrazo
    Meli

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